King Porter Stomp


R.V. Sabe bien de lo que habla.
Enero 25, 2009, 2:32 pm
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Domingo es el día de la semana entre el sábado y el lunes.

Es la elegía de la semana.

Es la oda a la semana.

El fin del domingo supone para mí un despertar nuevo. Un quebradero de cabeza más que añadir a la lista de cosas que hacer antes de septiembre; y supone eliminar  la santa idea de aprender a tocar la cítara o de intentar que el doblez de la sábana quede medianamente pequeño al combinarlo con el edredón nórdico.

Y, es que, las cosas que hacer antes de septiembre mueven el cielo, y hacen que llueva, y las gotas caen, y  crean el barro, y del barro sale el hombre, y del hombre, el sentimiento de náusea y revolución, y del sentimiento nace la fe, y de la fe, nace el domingo, tal y cómo lo conocemos ahora.



Devaneos de un forense.
Enero 21, 2009, 12:40 pm
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Si no fuera porque cada mañana al pasar al lado del banco te veo, no me levantaría con tanto ánimo para ir a trabajar:

Suena el despertador a las siete y cuatro minutos.

Una ducha rápida, un afeitado preciso, camisa bien planchada y zapatos relucientes.

Me tomo el primer café del día y enciendo la radio (ocho menos veintitrés minutos) Una escucha rápida a los titulares del día: caen mis acciones, se descubre una (nueva) cura para el síndrome de Gastyon (síndrome por el cual, los niños varones al cumplir los doce años, les crece gigantescamente el cráneo, alterando su estructura corporal, causando así leves trastornos en las funciones vitales) y muere trágicamente en un accidente de moto Kim Gordon.


Me miro al espejo, me peino por quinta vez y salgo a la calle.

Doce Grados centígrados. Suena mi móvil (un mensaje de texto)


“Esta noche te quiero ver con tu mejor traje: he hecho una reserva para dos en el Aprés Moi: de primero mil hojas de revuelto de espárragos trigueros y setas y de segundo solomillo de cerdo al moscatel. Aún tengo la marca de las sábanas en la cara, voy corriendo al trabajo, los de cercanías están en huelga. Un beso.”


(ocho menos siete minutos)

Paso justo en frente del Caja Madrid en el que trabajas.

Entre devaneos de nervios, zapateos fugaces, y constantes movimientos de cabeza para peinarme, levanto mi brazo izquierdo, hago un ademán.

Sonrío.

Sonríes: ya tengo elixir para veinticuatro horas.


(ocho menos dos minutos)

Entro al instituto anatómico forense con una sonrisa de oreja a oreja: hoy ibas de verde y blanco, me has sonreído y tu cicatriz del lado derecho de la mejilla se ha convertido en un divertido hoyuelo con el que fantasear entre cadáveres.

A veces, a la salida del trabajo, al pasar de nuevo por la puerta del banco, vacilo con invitarte a almorzar, pero mi miedo a dar el paso me colma, y no porque te fueras a negar a comer conmigo, en absoluto: recibirías mi invitación con los brazos abiertos, si no que las premisas con las que contamos no son las mismas: tu ves una comida informal, yo veo una forma de intentar llevarte a mi cama.



Posicionando.
Enero 19, 2009, 1:14 pm
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Me es difícil ni tan siquiera imaginar un mundo sin devaneos:

Heme aquí de esta raíz;

rompiendo el viento, soltando amarras.

Cómo un día dijera Octavio Paz: “sentí que la muerte era una flecha que no se sabe quién dispara y en un abrir los ojos nos morimos.”

y tú, eres la flecha que vuela travesaña hacia el baile incansable del deseo.



Línea 9
Enero 15, 2009, 1:37 pm
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No quiero ni pensar lo dura que se me ha puesto hoy en el autobús.

No quiero ni pensar que el frouterismo es una desviación sexual.



Las partículas elementales.
Enero 12, 2009, 11:38 pm
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Sucedió a finales de julio. Yo había ido a pasar una semana a casa de mi madre en la Costa Azul. Siempre había mucha gente de paso. Aquel verano ella se acostaba con un canadiense, un joven muy fuerte, un verdadero físico de carnicero. La mañana de mi regreso, me desperté muy temprano. El sol ya calentaba. Entré en su habitación: los dos estaban durmiendo. Dudé unos segundos y luego tiré de la sábana. Mi madre se movió y por un momento, creí que iba a despertarse; entreabrió ligeramente los muslos. Me arrodillé delante de su vulva. Acerqué la mano a pocos centímetros pero no me atreví a tocarla. Volví a salir para hacerme una paja. Ella recogía a muchos gatos, todos más o menos salvajes. Me acerqué a un joven gato negro que se calentaba sobre una piedra. El suelo en torno a la casa era de guijarros, muy blanco, de un blanco despiadado. El gato me miró varias veces mientras me hacía la paja, pero cerró los ojos antes de que eyaculase. Me agaché y cogí una piedra grande. El cráneo del gato estalló, los sesos salpicaron un poco. Tapé el cadáver con piedras y volví a entrar en la casa; nadie se había despertado todavía.

Michel houellebecq.


Algún día seré como Bruno, y recorreré las vaginas de todas vuestras hijas mientras a vosotras os colgarán los labios y no querraís escuchar más que paparruchas de líderes pro-marxistas.

Que os jodan.